MI AMIGO EL DÓLAR – ESTEBAN TORRES

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Yo, como muchos de mi generación, conocí poco al sucre.

Se podría decir que lo mismo que se conoce a un amor de verano: superficialmente y sin los defectos que aparecen con el tiempo y la rutina.

 

Mi único recuerdo es la mesada que recibía cuando estaba en la primaria, que varió de 2.000 sucres a la semana y llegó hasta 10.000 sucres a finales de 1999.

Luego todo fue en dólares. ¡Ah! y me olvidaba, la cuenta de ahorros para niños que tenía en el Banco Popular y que desapareció con la quiebra del banco -y que literalmente desapareció porque no volví a ver la libreta sino luego de unos años, cuando ya no era más que un triste souvenir-.

Y así como yo, la mayoría de ecuatorianos no conocieron a profundidad al sucre.

Si se toma en cuenta el último censo de población, se podría estimar que más de 9 millones de individuos no lo conocieron bien (somos una población nacional extremadamente joven con una media de 28 años).

Así, crecimos con el dólar, compramos con el dólar y, si tenemos suerte, hoy ganamos en dólares.

El dólar nos da seguridad. Cada vez que me encuentro con algún pobre argentino o con un venezolano me alegro de que el Ecuador tenga dólares.

Prefiero, y lo digo sin tapujos, tener una moneda manejada por tecnócratas gringos (la FED) que una manejada por políticos ecuatorianos.

Por lo menos el dólar se aprecia algún momento y, como hoy, ganamos si compramos en el exterior. Con una moneda nacional la única experiencia que tuvimos fue la constante devaluación.

 

Mi generación no quiere una moneda nacional, quiere seguridad y futuro. No tiene nostalgia por el sucre ni deseos por cualquier experimento monetario (léase moneda electrónica sin sustento real).

Llámennos antinacionalistas o lo que quieran, pero con el dólar estamos bien. Que los académicos y políticos de izquierda o los empresarios mercantilistas se dediquen a discutir sobre las ‘ventajas’ de la moneda propia, pero a nosotros déjennos con los verdes del “Tío Sam”. 

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